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El turismo social y la calidad de vida

Con frecuencia se escucha decir que el turismo hace a una mejor calidad de vida. Pero ¿desde qué punto de vista? Porque para muchas personas el turismo es solo una ilusión, algo inalcanzable, y para otros una práctica normal, un quiebre entre un período laboral y otro. // Autor: Lic. Alejandro Lara

Para los segmentos medios de la sociedad, 15 días de vacaciones es el tiempo promedio que otorgan las empresas a sus empleados para el descanso y el ocio. Por su parte, las clases pudientes se toman varios meses de vacaciones.

La clase media típica difícilmente haya conocido un destino extranjero, salvo algún período de bonanza y estabilidad económica, mientras que las clases media alta y alta viajan al exterior con regularidad.

Como podemos observar, el concepto “calidad de vida” es subjetivo, no todos lo entienden de la misma forma. No obstante hay variables comunes a todas las miradas, en primer lugar los ingresos económicos de una persona o grupo familiar permite acceder a comodidades tales como una vivienda equipada, acceso a servicios de salud, acceso a una buena alimentación, educación, etc. En lo emocional, todos aquellos factores que instalen y consoliden el sentimiento de dignidad en las personas y los grupos también coadyuvan a experimentar una “mejor” calidad de vida.


¿Y el turismo social donde se inserta?

Para insertar al turismo dentro de un marco de análisis de calidad de vida de una persona o segmento social, es necesario resolver cuestiones vitales que, de lo contrario, hace absurdo pensar en la posibilidad de hacer turismo.

En la década de los 40, el psicólogo norteamericano Abraham Maslow postula una escala de necesidades humanas que a medida que se satisfacen –desde las más básicas como alimentación, salud, educación y seguridad- las personas desarrollan deseos y necesidades más sofisticados y elevados.

Juan Domingo Perón trabajó el turismo social, entendido como una modalidad del turismo, donde se brinda a los beneficiarios un momento de plenitud de vida, que contribuye a la afirmación de los valores vinculados a la cultura y la espiritualidad, que propicia la transición hacia un mundo más racional y solidario, donde el ocio y la recreación juegan un papel de trascendencia.

Sin embargo, para que el concepto de “Turismo Social” pudiera ser puesto en marcha en el país, el gobierno necesitaba de la normativa y el entramado legal que le permitiera cambiar el paradigma del turismo que hasta ese momento existía en el imaginario social: la idea de que era para unos pocos, para las clases adineradas.

De esta forma, con una legislación equitativa e inclusiva desde lo socioeconómico, se pudo pensar en un concepto de turismo social como herramienta para mejorar la calidad de vida de millones de personas.

De esta forma, según el Ente Municipal de Turismo marplatense, en la temporada 1940-1941 veranearon unos 377.000 turistas; en 1945 ya eran más de 500.000 y, para la temporada 1955-1956, visitaron Mar del Plata más de 1.000.000 de personas.

Más allá de los números, el fenómeno –y la revolución– del turismo era la expresión de un país que había cambiado y de un Estado que, a través de sus políticas públicas, materializaba los derechos conquistados.

Hoy los Estados provinciales trabajan sus programas de turismo social en forma individual y algunas como Tucumán ofrecen planes para escolares, familia y tercera mediante planes de pensión media o completa, similares a los que brinda el Ministerio de Turismo de la Nación. Asimismo y a los efectos de que grandes sectores de la sociedad tucumana tenga acceso a las vacaciones, el Instituto de Previsión Social de Tucumán hace convenios de hotelería en todos los centros turísticos del país, con Obras Sociales y/o Sindicatos que administran hoteles y con Empresas de Turismo Mayoristas.

En el plano nacional, si bien continúan los programas de turismo social que lleva a cabo el Ministerio de Turismo de la Nación, el fomento del turismo se da a partir del aumento de la productividad y al movimiento social ascendente experimentado en los últimos diez años, que llevó a un boom del turismo interno.

En resumen, no se puede pensar en vacaciones o esparcimiento sino se tienen resueltas las necesidades básicas inherentes a la vida digna de un hombre y su grupo familiar. A partir de la satisfacción de estas necesidades básicas los seres humanos pueden desarrollar deseos de superación y tener la capacidad real, sin presiones, de disfrutar de un verdadero tiempo de descanso y recreación bajo las características del turismo, con la consiguiente mejora en la calidad de sus vidas.


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Escobar La Revista Digital
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