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La tontería de los propósitos de Año Nuevo

...este artículo no es más que una opinión basada en la observación propia y ajena y si lo escribo es únicamente para cumplir con el protocolo por fecha interpuesta. // Por CECILIA CASADO en http://blogs.diariovasco.com

Desde que escribo este blog -hace ya cinco años-, no puedo sustraerme a la maliciosa tentación de, por estas fechas, hacer una crítica irónica sobre los famosísimos “Propósitos de Año Nuevo” que son algo tan falso como las promesas electorales de los políticos. Lo curioso del tema es que, así como nos enfadamos muchísimo con las mentiras y el escarnio que nos hacen padecer nuestros líderes y mandatarios, hay una manga ancha generalizada para pasar por alto esas mismas mentiras que nos contamos a nosotros mismos cuando nos hacemos creer –sin que nadie nos obligue- que vamos a llevar a cabo tal o cual acto cuando, en el fondo, sabemos que nos engañamos miserablemente.


Y siendo esto así, ¿por qué nos contraría que nos engañen los demás si la falsedad ajena no es más que una proyección de la propia?

Así es como veo yo las cosas, vamos, que este artículo no es más que una opinión basada en la observación propia y ajena y si lo escribo es únicamente para cumplir con el protocolo por fecha interpuesta.

Casi todos tenemos un cajoncito escondido en algún lugar interior donde vamos almacenando las “asignaturas pendientes”. Pongamos que éstas son papelitos en los que se apuntan deseos, ilusiones, sueños o proyectos que, por una razón o por otra, han sido relegados a ser el último de la fila, teniendo que soportar que otros intereses prioritarios hayan pasado por encima de la carga emocional de que estos asuntos están preñados. Y esos papelitos van acumulándose, año tras año, en el fondo de ese cajón y, cuando ya parece que no caben más, todavía hallamos la forma de apretujarlos un poco para poder cerrar el cajón…hasta el año que viene.

Puede que sea una tontería tener más de cincuenta años y no haber sido capaz de aprender inglés en su momento y tener como una espinilla clavada: el año que viene, decimos.

Puede que no pase nada por acabar la vida sin haber visitado Paris cuando estábamos enamorados y, aunque ya no lo estemos queda el regustillo de algo que podría haber sido y no fue: el año que viene, pensamos.

Puede que tengamos que convivir malamente con una serie de contradicciones que pesan más que un saco de piedras, como ser médico o enfermera y fumar como un carretero o tener las arterias colapsadas como el tráfico en hora punta y seguir comiendo dulces y grasas porque es lo único que alivia otras soledades: el año que viene, prometemos.

Así las cosas, unos y otros, en asuntos inanes o verdaderamente importantes (como es el tema de la salud) vamos dándonos prórrogas generosas, año tras año, para llevar a cabo esos “trabajos de Hércules” que tan sólo nosotros mismos, desde nuestra esencia humana, falible y débil también, vamos soslayando con razones de tres al cuarto para no llevarlas a cabo.

Y es que hemos aceptado como algo intrínseco a la naturaleza del ser humano la debilidad de palabra y la mentira descarada. Nos excusamos incluso cuando nuestras contradicciones son flagrantes y vergonzosas. “No pasa nada, pensamos, esto es cosa mía y a nadie le importa más que a mí”; y, claro, de ahí a inventarnos un código deontológico de uso privativo pero que no se aplica al prójimo, va un paso muy pequeñito.

Por eso no me gusta hacer propósitos de año nuevo ni me gusta demasiado la gente que los hace porque, unos y otros, estamos jugando a un juego peligroso: el de engañarnos a nosotros mismos y quizás, de rebote, engañar a alguien más.

Porque propósito de año nuevo puede ser asumir como ideal una de esas listas que proliferan en las redes sociales de:-Ser mejor -Dar amor -Tener empatía -Generosidad y un largo etcétera que haría sonrojar incluso al político o empresario menos honesto en sus intenciones. Sin embargo, y curiosamente, las listas más comunes suelen estar perladas de intenciones nada “espirituales” sino más bien tirando a lo corporal, mundano, pragmático o simplemente superficial. Eso nos da una idea muy exacta también de cómo somos y hasta dónde vamos a ser capaces de llegar por este camino.

En realidad, el único propósito de Año Nuevo que deberíamos hacer es intentar llegar al próximo Año Nuevo VIVOS y con la conciencia un poquito menos contaminada que este año. En mi opinión, sería más que suficiente para que el mundo y la humanidad dieran un pequeño pasito adelante.

En fin.

LaAlquimista / Por si alguien desea contactar: apartirdeloscincuenta@gmail.com


Escobar La Revista Digital
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