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Los miércoles hay más suicidios


De acuerdo con un estudio publicado no hace mucho en la revista Social Psychiatry and Psychiatric Epidemiology, los suicidas son más propensos a quitarse la vida los miércoles. Concretamente el 25% de los suicidios ocurren en miércoles, en comparación con el 14% que tiene lugar los lunes o el 11% de los jueves. Para llegar a esta conclusión, los científicos examinaron las muertes de sujetos mayores de edad que tuvieron lugar en 50 estados de EE UU a lo largo de cuatro años.



Según Augustine J. Kposowa, sociólogo de la Universidad de California y coautor del estudio, “aunque todo el mundo habla de la depresión de los lunes, mirando los datos parece que es a mitad de semana cuando peor nos sentimos”. Kposowa lo atribuye al aumento del estrés en el trabajo. “A veces nos parece que no vamos a llegar al fin de semana”, subraya. De la investigación se deduce también que no hay más suicidios en invierno que en verano, posiblemente porque gracias a las nuevas formas de comunicación (teléfonos móviles, Internet, redes sociales…) no existe una sensación de aislamiento invernal tan intensa como hace una década.


Suicidas de la Historia
El primer suicida al que la Historia dedica unas líneas es Periandro (siglo VI a.C.), uno de los Siete Sabios griegos. Diógenes Laercio contó cómo el tirano corintio quería evitar que sus enemigos descuartizaran su cuerpo cuando se quitara la vida, por lo que elaboró un plan digno de Norman Bates. El monarca eligió un lugar apartado en el bosque y encargó a dos jóvenes militares que le asesinaran y enterraran allí mismo. Pero las órdenes del maquiavélico Periandro no acababan ahí: había encargado a otros dos hombres que siguieran a sus asesinos por encargo, les mataran y sepultaran un poco más lejos. A su vez, otros dos hombres debían acabar con los anteriores y enterrarlos algunos metros después, así hasta un número desconocido de muertos. En realidad, el plan para que el cadáver del sabio no fuera descubierto era brillante, pero en lugar de un suicidio tenía visos de masacre colectiva.

Si Periandro creó escuela en el ámbito de la inmolación, el escritor Jacques Rigaut (1898- 1929) fue un auténtico alumno aventajado. “Mi libro de cabecera es un revólver (…) y quizás algún día, al acostarme, en vez de apretar el interruptor de la luz, distraído, me equivoco y aprieto el gatillo”. Joyas como éstas salpicaban los textos del poeta dadaísta, que escribió una obra titulada La Agencia General del Suicidio (AGS). Con este mismo nombre fundó una sociedad real, en la que aleccionaba sobre maneras de matarse; de hecho, llegó a ofrecer a los indigentes 5 francos por ahorcarse. Huelga decir que a pocos sorprendió cuando se metió un tiro entre pecho y espalda un 6 de noviembre de 1929, perfectamente instalado entre almohadas que evitaron que el impacto moviera su cuerpo. Si es que tratábamos con todo un profesional...
Los escritores siempre han tendido a la estética sobreactuada en esto del suicidio y el agua ha servido a menudo como perfecto escenario. El poeta español Ángel Ganivet fue realmente contumaz al lograr el éxito en su segunda intentona. La primera vez que se lanzó al Mar del Norte, junto al puerto de Riga, fue rescatado por un barco pero, según sus salvadores se despistaron volvió a tirarse de nuevo, logrando esta vez su objetivo. Más poético fue el final de Virginia Woolf (1882-1941) que, aquejada de un trastorno de doble personalidad, se llenó los bolsillos de piedras y se ahogó en el río Ouse. De piedras y agua va también el suicido de Alfonsina Storni (1892-1938) que se lanzó desde un acantilado en Mar del Plata (Argentina). Se despidió escribiendo a su hijo “suéñame, que me hace falta” y aunque no la soñemos, sí que le canturreamos “Te vas Alfonsina con tu soledad, ¿qué poemas nuevos fuiste a buscar?”.
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