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Una lección para mamá: mami, no te olvides nunca de jugar…

Las historias de la vida real también tienen permiso para empezar con un había una vez.   Por lo tanto, había una vez: una nena que jugaba a ser mamá con sus muñecas.  Cambiaba pañales de plástico, daba mamaderas, chupetes y mecía hasta dormir el sueño de juguete en una cuna que se columpiaba como una hamaca.  Y la vida reclamó su atención en amores, en tambalear su estatura para aprender a andar sobre los primeros tacos, el primer beso a los quince junto con el primer vals.  Y una montaña de libros del secundario y de la facu, las muñecas fueron a parar a un cajón, hasta que otro vals la llevó de la mano al matrimonio.
      Y para festejar el día del niño la historia sigue como si fuera un cuento, en primera persona, al primer indicio de sus vidas, desde cada uno de los test de embarazo, me llenó de una nueva emoción desconocida hasta ese instante.  Me hizo saltar de alegría.  Porque sus vidas empezaban a revolotear en el vientre, de aquella nena que alguna vez jugó a ser mamá.  Y fui la mujer que empezó a ser la mamá primeriza, como la llamaron todos.  Desde la primera ecografía, un corazón se mostró en primera fila, con latidos fuertes.   Y alguien chupándose el dedo.  Y la obstetra a los cuatro meses dijo: la felicito señora es una nena.  Y llegó el tiempo de aprender a pujar.  Y vos me enseñaste porque vos querías nacer  y te pusieron en mis brazos y mi pecho sintió tus latidos, esta vez del lado de afuera de mi piel.  Y tu manita se aferró a mi dedo meñique y a mí me aferraste más a la vida.  Y, entonces, como diría Vicentino: no si vos sabes, y supe, entonces, de una forma de felicidad plena.  Y te hice upa, provechitos y jugué con vos. 

Hasta que un día, la vida y sus vueltas, me mostraron una mujercita.  Mi nena estaba creciendo
Fue así que desde mis upas aprendiste a bailar rock and roll, a saber de que se trata la vida, entre papillas y canciones.  Hasta que llegó el jardín y la primera separación.  Aun así nos reíamos y siempre le mostramos nuestra felicidad al mundo.  Te presenté un abuelo y una abuela.  Hasta que un día, la vida y sus vueltas, me mostraron una mujercita.  Mi nena estaba creciendo.  Y mientras esto sucedía otro aleteo se insinuaba.  Ahí donde estaba la panza nos anunciaba que venía un hermanito.  Aprendiste a hablar con él, apoyabas tu mano en mi vientre y parecía que el te contestaba. Una patadita se hacía sentir.  A puro instinto te dije: ahí está tu hermanito.  Y la obstetra lo confirmó.   La felicito señora, es un varón.  Vuelta a escribir la historia de chupetes, mamaderas, pañales pero esta vez en vez de muñecas, autos y pelotas de football rellenaron el horizonte de casa. Mientras desempolvamos viejas recetas de juegos, míos, tuyos y nuestros para presentarle el mundo a tu hermano.  Rescatamos las viejas canicas para volar al país del nunca jamás y rescatar a tu papá y a los niños perdidos y nuestras gargantas reeditaron el viejo grito de guerra de los chicos: bangueran.  Y la nena, que alguna vez jugó a ser mamá con sus muñecas, emparchó triciclos y arregló rodillas con curitas y un beso sanador ahí donde dolían. Y surfilo ojos de botón en muñecas de trapo y atrapó goles de un chiquito campeón.  Y agarró a la nena que fue, y que en algún rincón sigue dando vueltas en la carroza de la calesita del tiempo, entonces, la ahora mamá: vuelve a recordar que a pesar de los fines de mes, en los que nunca alcanza nada, a veces hasta el tiempo que no para, no alcanza, recuerda que hay que hacer necesariamente un hueco para ir a abrir la puerta e ir a jugar.  Porque la vida es un gran juego y aunque a veces haya que jugarlo con seriedad, hay que saber poner la sonrisa, la risa y la carcajada.  Aunque haya que preguntarle a Antón Pirulero, mientras atiende su juego: señor se me ha perdido una risa, una sonrisa y una carcajada, usted la tiene y él pedirá que Mambrú conteste, porque sería lindo que lo haga y no se vaya a ninguna guerra: yo señor, no señor…porque las tendremos mis dos hijos y yo.  A pesar de mi pasado imperfecto, de mi presente trastabillador, y del futuro que aún no adiviné, entremezclados con arena de plazas, mareadas de vueltas calesiteras, cuyos caballos y carruajes de princesas no dejan de rodar y rodar y la sortija bailotea ante bracitos deseosos de agarrarla, hay una buena idea para celebrar este y todos los días del ñiño por venir.  Con o sin plata y es: jugar, jugar y conjugar jugando todos.   Que la vida puede ser muy seria, pero es cosa más seria aún, olvidarse de jugar.
Mónica Beatriz Gervasoni         
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