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Las Tías Postizas

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Es imposible un mundo sin tías postizas... Son aquellas mujeres arte y parte de lo que nos deja un tiempo de rosas.  Son demasiado jóvenes para llamarlas señoras.  Y más por esos locos bajitos, que a gatas, a veces, llegan a la mesa.  Y también son chiquitos, ellos, para llamarlas por sus nombres de pila.  Entonces, nunca mejor ponderado el bautismo de tías postizas.  
Tenía siete años, igual que mi hijo más chico, cuando conocí a la tía Paulina.  Era la amiga más querida de mi mamá.  Con ella mamá se animó a venir sola su alma, de otros familiares, a un Buenos Aires, que nada tenía que ver con su Santa Fe natal.  El mismo Buenos Aires, que la encandilaba cuando otros viajeros que iban a su provincia le contaban de él o de la gran capital, parecida a Paris.  Le tenía miedo a los aires pocos modestos tan distintos a los oriundos de su terruño.  Pero la Capital ofrecía el trabajo y las posibilidades que su pueblo ya no podía darle.  Y es así, que cumplida la mayoría de edad se vino con su amiga del alma.  Más grande que ella, incluso.  Con la tía Paulina.  Como no quererla, si era ella quién había consolado las lágrimas de mamá, todo el viaje en tren, mientras el ruido de la locomotora no lograba acunarla.  Como no querer a la tía Paulina que tomó literal y metafóricamente la mano de mamá y la sostuvo hasta que mamá, dejó de extrañar un poquito nomás y pudo aprender a andar un poco sola en la gran ciudad.  Y cuando a pesar de seguir extrañando ya se las apañaba sola, me tocó el turno a mí.  Ella era la que me tejía gorros de lana, porque decía que el invierno era crudo y me enfriaba las orejas y que una niña con orejas frías no podía pensar bien y era necesario para los días que corrían pensar bien.  O la que en nombre del crudo invierno y a espaldas de mamá, que sabía pero que se hacía la que no sabía, me daba chocolates.  Y era la que me defendía y le decía a mamá: no la retes, es una nena.  Y yo crecí, y seguí creciendo y un día tía Paulina era muy viejita para venir y un día no supe más de ella.  Mamá dijo que murió. 
              Lourdes es la tía Lourdes para mi hijo menor.  Y Mariana, es la tía Mariana, para mi hijo menor.  Y Carolina, mi amiga Caro, no es Caro para él, sino la tía Caro.  Y Claudia, no es mi vecina, ni mi amiga, para él, es la tía Claudia y su marido el tío Rony.  Pero él tiene muy claro, que son postizos.  Porque ellos en realidad ya tienen sobrinos y unos cuántos.  Pero la cuestión que mi hijo se hizo de Boca por sus tíos.  Que lo invitan a ver tele.   Que lo invitan a comer cosas ricas.  Que lo retan cuando lo tienen que retar.  Tía Lourdes, Tía Mariana, y Tía Claudia lo retan, cuando saben que deben hacerlo.  Y tía Caro y tío Rony, lo malcrían.  Igual que su madrina y padrino, que son mis mejores amigos de toda la vida, pero para él, son sus padrinos.  Tía Lourdes, le insiste que para comer él tiene que poner los dos bracitos arriba de la mesa, porque es de buena educación, además se come mejor y más cómodo.  Que tiene que comer toda la comida, así crece fuerte y sano.  Pero también, como a mí, alguna vez, se preocupa porque sus orejitas no tomen frío y le regaló el gorro re canchero, que mi hijo usa.   Mariana le enseña que es lindo saludar dándose un beso y que es lindo anunciarles a los otros que uno llega con un hola que tal y un “chuik” por mejilla pero también es la que evita que cuando él tiene que ir con su mamá al trabajo porque otra no queda, él se aburra.  Porque le fabrica un coche a medida y de cartón, sacándolo de la imaginación de su galera.  Lo lleva de la mano a la librería a comprar pinturitas y cartulinas, para hacer el fórmula uno, que todos los compañeros de trabajo de mamá y de ella, se esmeran por dejar como una replica de un coche de carrera, que a él tanto le gustaría.  No es el super mega auto electrónicos que muchos niños tienen y otros desearían tener.  Pero él está feliz.  Y su auto es veloz porque corre hasta volar, con lo mejor que pueden tener un niño, y un adulto/a que tiene presente a su niño interior, la imaginación.  Tía Lourdes le arregla la ropa porque le enseña que es lindo andar por la vida prolijo, limpio y cuidado.  Tía Caro lo malcría cada vez que lo ve, le da chocolates, lo invita a ver la televisión y es la misma que le toma la mano cuando tiene que tomar un remedio feo, feo, como yo también hago con sus hijos.  Tía Elizabeth y Tío Daniel, lo extrañan y cuando lo ven y lo tienen no paran de abrazarlo.  En fin, la vida gira que gira, todo vuelve y gracias a Dios, mis hijos tienen sus tías postizas, como yo las tuve alguna vez.  Y no es por un lazo sanguíneo que garantice el vínculo, es lo que él se supo ganar y es porque en la vida, a veces se quiere y se ama, independientemente de lo que la naturaleza signe por un adn.  Así que gracias a Dios, así los míos y yo sabemos que sería imposible un mundo sin las tías, de sangre, pero también sería imposible un mundo, sin las tías postizas.  Esas amigas del alma, que Dios, la vida, o el destino nos supo dar.  Porque son arte y parte de aquellas cosas que siempre nos tiene a mano, un tiempo de rosas, como diría Serrat.

Mónica Beatriz Gervasoni
Morochaurbana_67@hotmail.com
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