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DIARIO DE UNA MADRE DE DOS HIJOS SIN NIÑERA


Hija única como soy, la relación fraternal entre hermanos se había constituido en un franco misterio, desde que era así de chiquitina, hasta que se me ocurrió ser madre de dos hijos. Convirtiéndolos, por ley natural, por un mismo acto y porque se cae de maduro, en hermanos.  Cuando fui, entonces, madre por dos, llegó el fin del misterio y el principio de la resignación.  Porque cuando entre mis pensamientos se coló el de la historia no resuelta: la mía,  yo dije y me dije: mis hijos no van a pasar lo mismo que yo, no van a cumplir con un destino de hija única, como yo.  Yo resarciré la historieta y tendré dos.  Y tuve dos y tengo dos sangre de mi sangre, pedazos de mis entrañas.  Encima mi hija colaboró con el asunto a su manera, cuando pudo hablar y dijo: má, (para qué va a decir mamá, es demasiado gasto energético salival y hay que ahorrar palabras y saliva), he insistió: ma, ma, ma, ma, y cuando consiguió mi atención espetó: ma, me aburro (léase de aburrido: estado crónico y a perpetuidad, propio de los hijos) quiero un hermano.  Cumpliendo, así, con el mandato ancestral de todo hijo único que se precie de tal.  Fin del discurso, principio de la odisea casera.


SIN DEVOLUCIÓN

              Algunas situaciones propician que, al menos, por una milésima porción de segundo, se nos ocurran soluciones inverosímiles por nuestras cabezas.  Ejemplo A, que nuestra hija mayor nos ande confesando dos por tres sus íntimas ganas de matar hermanos menores a garrotazos, cuestión que sublima haciendo giratoria a la puerta de entrada en un clásico portazo adolescente.  Ejemplo B, en pleno berrinche de sus niños cuando empiezan: ma, mirá a tu hijo y el otro retruque (mejor que en una jugada para el truco), ma mirá a mi hermana.  O, el típico: él empezó, con su contrapartida: mentira, la que empezó fue ella, díganme, confiésenme si por ese entonces, solo, por ese entonces, en medio de una jaqueca insoportable producida por el alto decibel con el que los querubines que supo conseguir le rompen los tímpanos,  no se le pasó por su atormentada cabeza: los devuelvo.  Porque a mí sí, señora, se lo confieso.  Obviamente que me arrepentí en un santiamén cuando los dos, viendo mi cara desencajada y tratando de adivinar si lo próximo que venía era un patatus de la madre, o un castigo ejemplar, que podría implicar a uno, cortarle el cable de la tele (que para él puede ser un trauma mucho peor que el corte del cordón umbilical, de ese seguro no se acuerda) y llevarme la fuente de la computadora que usa la más grande, interrumpiendo asquerosamente el Hotmail o el facebook, cosa que les descorazonaría el corazón a la mayor, me ponen cara de yo no fui y de te amamos mucho mamá, y cara de mi mamá me mima, mi mamá me ama.  Pero que se nos cruzó la intención de devolución por la cabeza, no me cabe la menor duda, ni por ni por usted.  O que en más de una ocasión se pregunte: qué he hecho yo para merecer eso.  O, acaso, no se nos cruza por la cabeza: este no es mi hijo/a, cuando ambos se confabulan para echar a la visita de turno, soltando a la tarántula que tienen de mascota, o haciendo pelear al perro y al gato justo cuando la visita, en cuestión, tiene el te hirviendo a dos centímetros de su nariz.  O cuando UD. está concentrada en ese mismo trabajo que debió entregar ayer, pero considerando el tiempo que le queda después del trabajo y en su casa con dos hijos, seguramente entregará pasado mañana del pasado mañana que ya pasó, comienzan con el coro y el “acting”: mamáaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa, míralo, decile algo, mamaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa, mírala, decile algo.  Y cuando se caldea el ambiente empiezan: te voy a matar, marrano de … (los puntos suspensivos se rellenan a gusto del consumidor)  Te voy a matar pedazo de hermana de … (idem, puntos suspensivos anteriores).  Y para cuando UD. finalmente, decide meterse, echando manos en el asunto, harta de leer o escribir setecientas ochenta y siete veces el mismo párrafo, de su trabajo, durante la media hora que sus dos retoños llevan peleándose, y se decide a intervenir para establecer el estado de sitio, en su propia casa, hasta para el perro y para el gato, la tropa la mira como diciendo: qué desubicada,acómo te podes meter así.  O su variante de mirada, imperativa hasta la médula,  al estilo de: mamá no te atrevas a meterte.
              Cuando una optó por decir ma: las cosas de a una y vela por la urgencia más urgente, de esas de corro antes que no solo se hierva la leche sino que se incendie, o se a moroche más de la cuenta el bizcochuelo que, antes de sentarse en la computadora, se encargó de hornear para sus polluelos o mejor termino algún punto de mi urgente trabajo, y decide una intervención o una mediación en la batalla campal que acontece a diario, pegada a alguno de sus propios laterales: ellos mágicamente se unen para confabularse y pedir a grito peleado algo en comúnPara que después en unas internas que solo ellos entienden repartirse el botín.  Así urden un complejo pacto bicameral que dejaría pasmado a más de un presidente nacional e internacional dejando un mísero porotito a los acuerdos de estado.  O se complotan en una decidida y esmerada compañía ilícita y se convierten en una máquina de hacer macanas.  Allí una tiene a bien fantasear con una paz que le aseguro no dura más que dos segundos.  Porque vale nada más que el vuelo de una mosca para que incendie la chispa de la discordia y ahí otra vez todo vuelve a empezar.  Que fuiste vos, que vos lo rompiste, que eso es mío, no que es mío y millones de etc. fraternales más.  Entonces puede ocurrir con que una no sabe si reír o llorar y dice, entre otras barbaridades, me tomo cinco minutos y me tomo un te.  Entonces en medio de la batalla campal que terminó, se reanudó, volvió a empezar, pactó y etc. una, recapitula.  Y la conclusión se impone solita: la naturaleza es sabia.  Porque a la luz de los acontecimientos, si adn hablando sus cachorros le salieron así, o sea una versión potenciada de UD. misma, más los aditamentos de sus propias personalidades, menos mal que una no tuvo un hermano.  Porque ahora entiendo o sumo otra razón por la que mis padres se abstuvieron de darme el hermano eternamente pedido.   Dados los altos riesgos de accidentes hogareños de parte mía a los que hubiera estado predestinado.  Así que si la vida, sabia como es, me dotó de dos hijos por una madre, será que confía que puedo lidiar con esto.  Con lo cual, me arremango las mangas de la camisa y manos a la obra.  Solicito un buen stock de paciencia y amor, bendigo la familia que tengo, los amigos/as que elijo y vuelvo a empezar, aunque mecho algunos gritos exasperados, trato de solicitar dosis de paciencia extra cada día, recuerdo que el amor todo lo abarca, todo lo perdona y me digo cuando termino de reptar hasta la cama: misión cumplida para los dos por una.  Dos hijos para una madre hija única que sale con fritas.

Mónica Beatriz Gervasoni

Pd: Si Dios y la patria demandan los seguros errores que se comenten en la presente nota y en la presente edición, téngase por cuenta y parte, que esta nota se terminó de confeccionar a las 03.00 hs a. m antes de que una madre, mujer, profesional, repte a la cama.  La verdad se ha dicha, sino que Dios y la patria así me lo demandaren.
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